"Vos podés decir que yo transé con Clarín y yo puedo ver que le gané,
porque tuvieron que contratar al tipo que siempre los atacó", dice
Jorge Lanata en la nota de tapa del número de julio de Rolling Stone.
Este año, a partir del hit periodístico del
Lázaro-gate, el periodista se convirtió en la gran estrella de
televisión de la temporada y en el único capaz de marcarle la agenda
política al Gobierno nacional. Ocupando, al mismo tiempo, el lugar de
Marcelo Tinelli y el de gran referente de la oposición, logró reemplazar
los escándalos de
Bailando por un sueño y conseguir picos de 30 puntos de rating con una historia casi fantástica de corrupción en las altas cumbres del poder.
En la nota, el editor Juan Morris retrata cómo son las
reuniones de producción en una oficina del cuarto piso de Canal 13 en la
que todas las semanas Lanata y su equipo piensan el contenido del
programa, el trabajo con los guionistas en el living de su departamento
de Retiro para escribir los sketches, las imitaciones y los chistes del
monólogo, y la intimidad de un hombre que en los 80 revolucionó la forma
de hacer diarios y en los 90 se enfrentó al menemismo desde Día D.
En
esta Rolling Stone Interview queda narrado como nunca el viaje desde un
suburbio de Avellaneda hasta una torre aristocrática en Retiro, la
leyenda del escritor y el hombre que vive pendiente de cuánto mide cada
aparición suya en TV.
"Si a mí me ofrecen el diario más importante, la
radio más importante y el canal más importante, yo no voy a ser tan
idiota de decir que no, porque yo quiero que me vea, me lea y me escuche
la mayor cantidad de gente", dice Lanata, que además deja definiciones
como éstas.
Sobre la izquierda: "Mi interés [en
Página/12] era el diario como proyecto, no era un interés político. Yo
siento que en esa época no pensaba tan distinto a cómo pienso ahora.
Nunca fui de izquierda dogmática, yo nunca fui marxista. Lo que pasa es
que si en este país pensás un poco y querés que las cosas cambien,
automáticamente para la gente sos de izquierda. Me parece que debe ser
eso: es un poco lo que fui y un poco lo que pensaron de mí".
Sobre el dinero: "No ahorro, pero
tampoco dilapido. Primero: pago los impuestos, lo cual les parecerá
ridículo pero pago por impuesto más de lo que ustedes ganan en un año.
Lo único que tengo es este departamento".
Sobre Néstor Kirchner: "Era un
político del interior, con todo lo peyorativo que eso puede implicar. O
sea, un tipo medio caudillo, muy campechano, una especie de vivillo, muy
lejos de ser un estadista de cualquier tipo, muy lejos, muy lejos... Y
que pensaba que la política era como el arte de la negociación y de
presión".
Sobre su éxito: "Creo que me comunico
mejor con la gente. Trato de transformar ideas complejas en
comunicaciones simples. Ese es mi desafío profesional: tratar de que a
mi programa lo vea un repositor de supermercado y un sociólogo, y que a
los dos les interese".
Una fantasía: "Me encantaría robar un
banco. ¿A vos no te gustaría? Es genial, es un juego de inteligencia.
Estaría buenísimo, aparte es un chorro de adrenalina increíble. Los
buenos chorros me encantan. Es la pelea del tipo contra el sistema".
Y Lanata, a todo esto, convertido en la primera figura de un Grupo
Clarín amenazado con perder parte de su poder y su fortuna. Lanata como
el hombre que puede levantar un teléfono y conseguir un avión privado en
media hora para producir un informe. Lanata acumulando minutos de aire
en los programas de televisión y radio y centímetros de prensa con una
voracidad a la altura de su leyenda: Telenoche, la tapa del diario, la
columna de los sábados, la segunda mañana en Radio Mitre -Lanata sin
filtro-, cameos en los programas de entretenimiento...
Lanata dice que en ningún momento dudó de trabajar para
Clarín -un grupo con el que siempre había estado enfrentado-, porque la
condición fue que lo dejaran hacer lo que él quisiera. "Si me ofrecen
el diario más importante, la radio más importante y el canal más
importante, yo no voy a ser tan idiota de decir que no, porque yo quiero
que me vea, me lea y me escuche la mayor cantidad de gente", dice
encendiendo un cigarrillo con un Zippo dorado, cubriéndose la cara de
humo.
"Como todo, hay por lo menos dos maneras de verlo",
analiza. "Vos podés decir que yo transé con Clarín y yo puedo ver que le
gané a Clarín, porque tuvieron que contratar al tipo que siempre los
atacó."
"Yo sería mucho peor, lo que pasa es que soy un cagón. A mí me gustaría
animarme a mucho más, me gustaría poder cagarme absolutamente en todo.",
dice Lanata.
-¿Te arrepentís de haber hecho Crítica, que resultó un fracaso?
-No, para nada. A mí me parece que estuvo bien. No tuvo tiempo para
seguir.
A la semana de estar en Crítica viene Artemio López a decirme
que había estado con Néstor en Puerto Madero y le había dicho: "A Lanata
lo voy a fundir". Teníamos avisos vendidos de campaña durante el año
que nos entraron a levantar. Me llamó Coto por teléfono para decirme:
"Te ofrezco la guita, pero no pongas el aviso". Y yo le dije "metete la
guita en el orto". Y De Vido llamaba personalmente a los avisadores para
que nos levantaran las campañas. Entonces, un plan de negocios que
habíamos hecho, que estipulaba que en el segundo o tercer año el diario
entrara en equilibrio, se fue a la concha de la madre.
La nota completa, en la edición de julio de Rolling Stone .
Allá lejos y hace tiempo...
Un escritor argentino que vive en el exterior, de paso por Buenos
Aires, comentó que iba a encontrarme con una suerte de William Randolph
Hearst, el magnate periodístico norteamericano cuyo esplendor y derrota
inspiraron El ciudadano de Orson Welles. "Dicen que está gordo y
deprimido: es puro exceso", me confió. Por alguna razón le creí. Lanata
siempre me pareció un hombre solo. Lo imaginé abandonado a sus recuerdos
entre los escombros del poder, ermitaño y fugitivo, huyendo de sí
mismo. En esa imagen fantástica aparecía abatido por la traición,
inclinado sobre un gigantesco espejo de sal mientras añoraba los tiempos
de la primera fundación de Página/12. Quise imaginar su muerte: vi un
cortejo fúnebre (personajes decrépitos de la dictadura, una madre
confinada en silla de ruedas, un ramo de viudas, todas viejas obsesiones
por las que puede entenderse una historia personal) y una lápida sobre
la que se leía esa frase de Truman Capote que él mismo citó en algunas
de sus crónicas: nadie busca su destino, sino que es arrastrado por el.
Nos conocimos en marzo del año pasado, pocas semanas
antes de que saliera a la calle el primer ejemplar de Rolling Stone. Yo
quería recoger su testimonio sobre algún tema vinculado con los medios.
Lanata me ofreció dar su impresión sobre el primer sumario de notas. "Es
blando", dijo. "No hagas la historia oficial." A la mañana siguiente
tenía sobre mi escritorio un texto feroz en el que exhibía con cinismo
su desencanto con el mundo del rock. Era despiadado, aunque no genial, y
estaba escrito con ese lenguaje estruendoso que no alcanza a conformar
un estilo y que parece tener un problema personal con las academias. El
texto nunca se publicó. Me pregunté entonces cuánto le pesaría llevar
hasta las últimas consecuencias su desmedido personaje -justiciero o
francotirador y quise entender que todo era producto del narcisismo. Me
había perdido lo esencial: su brutal teatralidad -descubrí después- es
menos consecuencia de la arrogancia que de un hondo sentimiento de
vacío.
Nos encontramos en un estudio de América, la emisora a
la que Lanata regresó en medio de un estrépito de rumores. Varios meses
antes había desaparecido de la programación cuando el empresario
Eduardo Eurnekian necesitaba congraciarse con el gobierno de Menem para
conseguir el control de las estaciones aéreas con su empresa Aeropuertos
2000. Con el regreso a la pantalla del canal -aprobado por el
Presidente, quien fue consultado por sus hombres de prensa-, comenzó a
tejerse una red de sospechas. "Son unos hijos de puta", dice y se
transforma en un toro embravecido. "Estamos haciendo el programa más
antioficialista, más anarquista posible, y todavía me preguntan qué
entregué para volver."
Algo fascina: la suya es también la historia de esta
década, que él atravesó con dignidad aunque haya quienes advierten que
el periodista de izquierdas de los albores de los 80 se travistió en un
clown mediático, hueco e irreverente, ganado por el narcisismo y un
espíritu amarillista.
Rabioso, lanza espumas de odio apenas le insinúan
que él también es un hijo del menemismo. "Grandísimos hijos de puta.
Cualquier boludo de los que me cuestionan saltaría en una carrera de
embolsados en la tele."
Dos horas más tarde estamos en su departamento de
Belgrano, que mira al río desde un piso 26. No abundan el lujo ni la
ostentación. La decoración es clásica, algo impersonal. Una serie de
tapas de diarios (Crítica, La Nación, Página/12) cuelgan de las paredes
del pasillo que conduce a un estudio reducido. En ese pequeño búnker
Lanata se refugia de sus fobias. Papeles, libros. Sobre una de las
paredes hay tres fotografías (Bertrand Russell, Salinger, Borges) y tres
cuentos escritos por Bárbara, su hija de 10 años. A un costado del
balcón -donde hablaremos durante cinco horas, a lo largo de dos
encuentros regados con buen vino blanco italiano-, en un ambiente
mínimo, guarda celosamente dos de sus tesoros más preciados: una
colección de relojes de arena y la primera biblioteca que conoció en su
vida, que perteneció a su tío Dionisio.
Monumental y excesivo, Lanata dice estar dispuesto a
contarme su historia. Sé que traerá consigo a sus fantasmas: Massera,
Menem, los muertos de la dictadura. Sé que disparará sobre sus viejos
odios, con crudeza e impiedad; sincero, pero también devorado por su
propio personaje. Sé que -periodista al fin- puedo ceder a la tentación
de cargar pólvora fresca en el arma del francotirador, para después
pasear mi mirada perversa y triunfante sobre un reguero de cadáveres.
Entonces propongo una tregua: le pregunto por su madre.
-Mi vieja... mi vieja me enseñó a leer. Después se
enfermó. Cuando yo tenía 5 años le descubrieron una lesión cerebral:
tiene una mitad del cuerpo paralizada y una lesión en el centro del
habla, o sea que no puede formar palabra. Puede entender, decir sí o no.
Está en una silla de ruedas… Yo tenía 4 o 5 años cuando leía los
chistes de La Razón. Crecí en Sarandí. En casa había un limonero,
gallinas. Y piezas en el fondo. Eran depósitos de revistas: Selecciones,
Para Ti, Siete Días, Atlántida. Había un esquinero con libros de
odontología; mi viejo era dentista. Pero estaba la biblioteca de mi tío.
Mi vieja me enseñó a leer aunque yo no me acuerdo de ella enseñándome:
sé que fue así. Ella es increíble, vive y se caga de risa. Creo que
tengo su mismo, y constante, sentido del humor, aunque en su caso es
mucho más conmovedor: hace más de treinta años que está así. Cuando pasó
lo de mi vieja me fui a vivir a lo de mi tía Nélida. O sea que yo de
algún modo iba de visita a mi casa. Al comienzo iba de tarde y de noche,
después las visitas se fueron espaciando.
-¿Para protegerte?
-Porque yo no vivía ahí. Para un chico era fuerte ir a
un lugar donde había una señora que estaba en una silla, muda. Y estaba
mi viejo puteando por esa situación… Era una mierda. Yo no sabía qué
decir cuando comíamos. Una sola vez fui a comer con mi viejo, a una
pizzería de Sarandí. Una sola vez fui al cine con los dos, a la Avenida
de Mayo, cuando mi vieja todavía estaba bien. No íbamos de vacaciones.
Así vista fue una mierda mi infancia, así vista y de cualquier manera.
Viví mucho tiempo enojado con mi vieja, como si ella hubiera sido
responsable de lo que pasó. Me costó mucho quitarme ese sentimiento.
Durante años para mí fue muy difícil abrazarla: no es que no lo hacía,
pero era acercarme, tuc, y salía. Ahora está todo bien. Existe la
muerte, loco. No podemos vivir como si no existiera. Eso decía Simon
Wiesenthal del Holocausto: no se puede vivir pensando todo el tiempo en
los campos de concentración, pero tampoco podemos vivir como si no
hubieran existido.
-¿En alguna crónica escribiste sobre tu papá: "Durante el tiempo en que luchamos por cambiarnos, nos odiamos"?
-Era un tipo muy voluntarioso, muy cabeza dura, y muy
noble, creo. Yo soy muy distinto. La acompañó siempre a mi vieja.
Seguramente la mayoría de la gente que conozco la hubiera internado
desentendiéndose del asunto. Mi viejo estuvo ahí durante años. Era hijo
de un jugador de fútbol de River (Agustín Lanata, mi abuelo). No era un
tipo que leyera. Yo tuve suerte en una situación terrible, ¿sabés? Pude
morir su muerte junto a él, vivirla y morirla también. Y eso me hizo
bien, porque yo me peleaba mucho con mi viejo, sí, es cierto, nunca
había conseguido hablar con él. A lo mejor tenía que ser así. Vinicius
de Moraes dice eso no sé dónde: con su padre no hablaba mucho porque si
lo hubiera hecho se habrían abrazado y habrían llorado los dos… Vinicius dice: él por su angustia de poeta inédito y yo por mi angustia de
poeta premiado con un padre poeta inédito… No sé… Todos tenemos una
compulsión por entender a nuestros viejos. Y no hay que entenderlos, no
hay posibilidad de que los entendamos, o por lo menos no la había en mi
casa. Siempre queremos discutir con ellos… Qué carajo vamos a discutir
si el tiempo es atroz y los pasó por encima… Mi viejo tenía cáncer en
los huesos y yo lo acompañé cuando lo internaron. Y fue increíble… él
metió en el bolso un reloj, su pijama y unos ejemplares de Página.
¿Sabés lo que significó eso para mí?
"Papa, no corras" es el título de una crónica que
Lanata escribió en Página/12. No estaba referida a su padre sino a
Jacobo Timerman, el hombre que en los años 70, después de haber tenido
su primer gran triunfo personal con Primera Plana, creó un diario que
marcó huella en el periodismo argentino: La Opinión. En mayo de 1987,
pocos días antes de que saliera a la calle el primer ejemplar de
Página/12, Lanata quiso conocer la opinión del editor.
-Yo no tenía esa cosa… ¡oh, Timerman!… que acá tienen
muchos intelectuales. Cuando salió La Opinión yo era chico. Todo bien:
me parecía un tipo respetable. Le llevé unos número cero, horribles, a
su casa de la calle Posadas. A Jacobo no le gustó la tapa, que era más o
menos la misma que se conoció después. Pero pensá que él venía de hacer
un diario copiando Le Monde, deliberadamente sin imagen.
Después lo
traté más, tuvimos una relación de amor-odio; nos peleamos, nos
acercamos. Pero lo entiendo: Timerman fracasó el mismo año en que
nosotros hicimos Página. El estaba viejo en ese momento: no para
escribir, sí para editar. El había desintonizado. Cuando tomó La Razón
lo tenía todo: guita, chapa, poder, todo. Nosotros no teníamos nada,
nadie nos conocía, pero hicimos Página. Para el tipo debe haber sido una
relación difícil. Escribí "Papá, no corras" cuando me enfurecí con él.
Pero tenía motivos: Jacobo había vinculado a Tomás Eloy Martínez y a
Eduardo Galeano con la guerrilla, no sé si en un texto o en una
declaración pública. Era una guachada sin límites, y además no era
cierta.
-En ese momento mucha gente asoció a "Página/12" con "La Opinión".
-No teníamos nada que ver.
La Opinión recibía plata
de los milicos, de Montoneros, de quien fuera; nosotros no podíamos
pagar los sueldos. La Opinión -esto lo decía el propio Jacobo- no llegó a
vender 10 mil ejemplares. Nosotros vendimos entre 26 mil y 30 mil el
primer año, y 100 mil el quinto. Por ahí asociaron los dos diarios
porque yo laburé con tipos que habían estado con Timerman: Juan Gelman,
el Gordo [Osvaldo] Soriano, Galeano, Tomás, [Miguel] Bonasso, [Horacio]
Verbitsky, [José María] Pasquini Durán. Yo al comienzo tenía una
confianza enorme en los tipos, pero después me di cuenta de que era al
pedo:
los tipos de firma nos daban un pequeño valor agregado, pero no
más; en realidad, el diario les servía a ellos. Lo que nos servía -pero
eso yo lo supe después- era formar gente nuestra, tener equipos de
Página. Ese fue nuestro punto fuerte: los equipos de investigación. Yo
igual lo respeto a Timerman. Visto desde ahora -sonará soberbio, pero
creo que es así-, me parece que acá hubo tres diarios que interpretaron
la mentalidad de su época: Crítica, La Opinión y Página. Yo hubiera ido a
verlo al viejo Botana [Natalio, mítico fundador de Crítica], me parecía
un personaje interesantísimo, pero estaba muerto. Lo fui a ver a
Timerman.
-¿"La Nación" y "La Prensa" no interpretaron su época?
-¿La Nación del Centenario? Sí, es cierto. La Prensa
de los años 40, no sé, aunque ése fue su momento de mayor circulación.
Mi familia leía La Prensa. Por esas cuestiones increíblemente ridículas,
durante la dictadura se quejaban de La Nación. Estaban más cerca de La
Prensa porque corría a la dictadura por derecha con los temas
económicos, y porque Manfred Schönfeld, que era el columnista político,
les pegaba a los milicos.
La Nación tampoco estaba a favor ni en contra
de Isabel [Perón, quien accedió a la presidencia en 1974 tras la muerte
del general Juan Domingo Perón], y La Prensa la mataba. De todos modos,
cuando hacíamos Página me parecía que La Nación era el mejor diario.
Creo que es el diario ideal para competir con Clarín. Pero la
concentración de medios es fabulosa. Los medios no advierten que al
concentrarse adoptan una actitud suicida porque juegan su credibilidad
al límite. Guardaba algunas esperanzas con La Nación hasta que se asoció
con Clarín en Cimeco [la empresa creada para manejar diarios del
interior, entre ellos, Los Andes de Mendoza y La Voz del Interior de
Córdoba]. Pero Dios existe: hace falta un solo medio del otro lado y el
monopolio más poderoso se inquieta. La empresa que formamos para lanzar
XXI se llama Grupo Tres. El logotipo son dos rectángulos inmensos, el
Grupo Clarín y el cei [monopolio de medios oficiales que controla, entre
otros medios, Telefé, Atlántida, Continental, Azul y Cablevisión], y un
puntito azul, nosotros. Y los vamos a joder.
-¿Dónde nació "Página/12"?
-Alejandra Pizarnik escribe en una poesía algo
maravilloso. Dice que todo lo que se puede decir es mentira. Cualquier
interpretación racional de algo que hiciste desde el sentimiento, o
desde el vértigo, es falsa. En El Porteño hacíamos una separata que se
llamaba "The Posta Post". Debajo del título en letra gótica, tipo The
New York Times, decía: todo lo que los demas medios saben pero no se
atreven a publicar. Probablemente la historia haya comenzado ahí. Alguna
vez pensamos en hacer un diario de ocho páginas y yo empecé a juntar
gente para que pusiera guita. Era un trip. Delirio total. Al principio
la Redacción estaba en contra de las tapas. Pensaba que no eran serias.
Pero una de las cosas que demostró Página es que se puede variar la
forma sin afectar el contenido, siempre y cuando el contenido sea
confiable. Se puede variar la forma como renovación del contrato de
lectura. Fue un vértigo. Un flash. Yo tenía 26 años. Estuve ahí meses
hasta que me di cuenta de que estábamos haciendo un diario. Y me di
cuenta un día cuando pasábamos con Ernesto Tiffenberg por Callao y
Corrientes y escuché el canto del canillita: "Clarín, Nación, Página".
Hicimos un diario, loco. Fuck.
-¿Cómo se armó la Redacción?
-Juntaba gente en el bar La Opera, en Callao y
Corrientes. Les decía que renunciaran a sus trabajos, que iba a sacar un
diario. Pero era gente de La Nación o Clarín. Por eso armamos la cosa
con algunos activistas, con tipos que habían sido despedidos, que eran
buenos periodistas pero no encajaban en la industria. Y con algunos
tipos que venían de El Porteño. Antes de salir, alquilamos un piso en
Perú 367 y fue muy loco: nos enteramos de que ahí había funcionado
Primera Plana. Absurdo. Yo no iba mucho a la redacción. Soy famoso por
mis fobias. Menos todavía cuando empezó a quebrarse algo con la gente, a
partir de algunos conflictos gremiales. Somos muy corporativos, los
periodistas, y generamos estereotipos que es obvio que son falsos,
aunque respondemos a ellos sin pensar si son ciertos o no. Hoy decía
algo sobre eso en la tele cuando hablaba de investigar a la víctima, ¿te
acordás? Yo pensaba en Cabezas. Todos nos opusimos a que fuera
investigado. ¿Por qué no? Eso no quiere decir que sea culpable. Pero,
¿qué derecho tenemos a decir que no? ¿Somos inocentes porque somos
periodistas? Delirio total. Yo, afortunadamente, no tuve el conflicto de
los sesenta rajes en Página, que sí tuvo que atravesar Tiffenberg. Creo
que me hubiera ido, no me hubiera bancado esa situación. Me acuerdo de
que hablamos de eso antes de que me fuera, era nuestra fantasía: ¿y qué
hacemos si rajan gente?
-¿Si rajan quiénes?
-Si rajan quiénes… Los que vienen, sí. La empresa que
llegó. Me encantaría contarte toda la historia, pero yo prefiero que te
la cuenten ellos. No tengo ningún motivo para no contártela, ni
siquiera tendría que mantener ninguna solidaridad con el diario, porque
se portaron muy mal conmigo. Pero prefiero que te la cuenten ellos, que
no te la van a contar.
Pause.
Lanata impone el único off the record que tendrá esta
entrevista. A la manera de Maxwell Smart, hace descender un cono del
silencio bajo cuya bóveda amenaza con darme algunos detalles de la
operación. Le pido que no lo haga. No hace falta, además. Medio país (y
media patria periodística) cree saber que hace dos años Página pasó de
ser la aventura heroica de un puñado de soñadores, en plena primavera
democrática, a ser parte de uno de los holdings más poderosos de la
Argentina. La otra mitad advierte que Lanata se habría ido en muy malos
términos de la empresa y, aprovechando su credibilidad pública, echó a
rodar un rumor que tomó cuerpo hasta alcanzar las formas de la verdad.
Para la elaboración de esta nota, pedí formalmente
entrevistas con Ernesto Tiffenberg, director periodístico de Página/12, y
Fernando Sokolowicz, su editor responsable. Ninguno de los dos accedió a
esa consulta periodística.
-¿Llegaste a publicar la carta que escribiste
cuando tu nombre no fue mencionado en el número del décimo aniversario
de Página/12?
-No, nunca se dio. ¿Vos la leíste?
-No.
…Trabajamos siete años juntos, lo que nos convierte
en una especie de compañeros de cárcel, o de colegio, obligados al amor y
al odio de la convivencia. Cualquiera de nosotros puede contar
historias espantosas o conmovedoras de su vecino. Tampoco, en aquellos
siete años, fuimos los mismos: hubo fuertes cambios de camino, hijos,
separaciones, muertes, desencantos viejos y nuevos encantos. Creo que
somos mejores que hace diez años, aunque más desangelados y más
viejos. Sin embargo, no pensé -hasta este lunes- que íbamos a perdernos
el respeto…
…Yo pensaba en aquellos años que Tiffenberg era una
especie de Descartes que compensaba mi rol de elefante en un bazar.
Después -y a destiempo- supe que las dudas de Ernesto no eran expresión
de inteligencia crítica sino de miedo. Aprendí, también tarde, que a
veces los cobardes son peores que los hijos de puta…
…Fue tortuoso y difícil dejar el diario: yo estaba en
un lugar que jamás había soñado, pero que también me impedía crecer.
Tenía -como también tengo ahora- un fuerte temor al fracaso, y creo que
ese temor me impidió salir de allí un año antes. La megalomanía de la
dirección «empresaria» aumentaba mi inseguridad: en tres o cuatro años
los mismos tipos que yo había visto entrar fascinados como los indios
americanos en la corte del rey de España, ahora se habían convertido en
expertos de la comunicación…
… Cada vez que un periodista de Página me contaba que
le habían cortado mi nombre en una nota, me parecía patético y hasta
gracioso. Pero este lunes, por ejemplo, me dolió que Juan Gelman me
desapareciera de su contratapa. Me encontré con alguna gente de Página
-cuatro o cinco personas, en realidad- que me dijeron que era injusto.
No les pregunté qué hacen para cambiarlo porque hubiera sido molesto,
para ellos y para mí. Pero no creo, sinceramente, que como periodistas
podamos llegar a la verdad si partimos desde una mentira. Tal vez
hubiera tenido que hablar sobre todo esto mucho antes.
Que tengan un feliz cumpleaños.
Que tengamos un feliz cumpleaños.
Jorge Lanata
Tres días despues de ese primer encuentro seguimos el
mismo itinerario: nos encontramos en el canal y dos horas después
estamos camino de su casa, llevados por su chofer y asistente personal,
que de lunes a viernes lo espera a las 10 de la noche en Fitz Roy 1650.
-¿Tuviste tu "Cinema paradiso"?
-Es cierto. Aunque a mí no me termina de convencer el
cine italiano de los 80.
Cuando te dicen: Tarantino es un maestro del
guión. ¿Perdón?: yo vi Buñuel. El guión no nació con un tipo que tenía
una casa de videos y después fue Tarantino. Sí, había dos cines a los
que iba de chico. El Maipú y el Colonial, una sala de porno soft. Yo
conocía al acomodador, un viejito que escribía poemas horribles. Porno
soft de la época, nada: Las colegialas se confiesan, las de la Coca
Sarli. Por ahí cerca se debutaba. Caían unas chicas con una toallita, la
tiraban en el pastito y ¡tuc! ahí la colocaban los chicos. Yo acompañé a
unos cuantos, pero debuté en Córdoba, con una puta, también. Delirio.
Me causa gracia ese gusto esnob de los intelectuales por Isabel Sarli,
es patético. Es un intento de los intelectuales por querer ser populares
a toda costa, pese al mal gusto. ¿A quién puede gustarle la Sarli?
Pobre: ella ponía el cuerpo y el otro la fiolaba. Armando [Bó] la
fiolaba, sin duda. Es como lo de Sandro… Aunque a mí me gustaba Sandro, y
el Negro [Alberto] Olmedo. Sí… (Piensa, dibuja una media sonrisa.)
Sí,
yo era grasa, y quizá siga siéndolo. Pero hoy tengo mi pequeña venganza.
Me importa un carajo y lo puedo decir, pero antes no podía.
-¿Qué te avergonzaba?
-(Lanata parece perderse, contesta algo impreciso.)
Eso, yo no soy de acá… Tampoco soy de allá. No soy de ningún lugar. Ni
de Belgrano ni de Avellaneda.
-¿Te sentís un extranjero?
-Sí, claro que sí. Uno debe hacer notas para eso,
para confirmar sus propias dudas, ¿no? Es raro eso: yo me siento un
extranjero en muchas cosas y, ¿ves?, mirá lo de la tele, a mí me sirvió
para muchas cosas. Porque yo en la calle me siento en casa. Así dicho
vos me dirás que parece una pelotudez demagógica, y sinceramente no lo
es. Yo quiero a la gente. Me quedo discutiendo con los tipos. Y la tele
me permitió hacer que se sientan cerca de mí y yo sentirme cerca de
ellos. Para mí eso es importante. A lo mejor porque anduve mucho en la
calle y nunca sentí ese calor. Para mí ahora es bueno saber que no me va
a pasar nada en la calle: estoy en casa. Y mirá que me pasaron cosas
feas. Dos veces viví en la calle. En Mar del Plata, después de pelearme
con mi viejo, y en Brasil. En la calle está la violencia del sistema, el
límite que te ponen las vidrieras de las casas de comida, porque vos
estás del otro lado. Pero nunca te morís de hambre: hay una red de
solidaridad de gente -panaderos, fruteros, pizzeros- que te dan restos
de comida para que puedas sostenerte. Después está la violencia del
afano, la supervivencia más cruda. La conocí de cerca en las calles de
Brasil. Por eso yo entiendo totalmente cómo alguien puede limpiarse a un
tipo, entiendo como alguien puede ir y cogerse a un viejo. Lo entiendo
de verdad. Porque lo pensé y no lo hice. Conocí mujeres que se dejaron
coger sólo para tener un poco de abrigo… Yo sabía que podía volver, ¿me
entendés? Pero cuando la cosa va en serio, cuando tenés frío y no hay
salida…
-¿Sos extranjero entre los intelectuales?
-Yo tengo un problema con la Academia. Uno todo el
tiempo piensa que el que está enfrente de uno es mejor.
Siempre
sobreestimamos a quien tenemos enfrente. Y en ese punto me di cuenta de
que finalmente no había leído tan poco y de que no era tan idiota como
pensaba al comienzo. Entendí, además, que muchos de los que parecían
increíblemente cultos eran bastante brutos. Entre los intelectuales hay
un campeonato de ingenio constante. A nadie le gusta algo que
desgraciadamente está en mi naturaleza: yo cuestiono el poder todo el
tiempo. Y los intelectuales no se lo bancan… Tengo una explicación más
racional, si querés: desde hace veinte años, en la Argentina somos
manejados por una generación de críticos. Es curioso: ningún nene quiere
ser crítico. La cultura argentina, después de los años 70, es una
cultura hecha por críticos. Los tipos no están más que peleándose por
espacios de poder. Pelean con la palabra y se vuelven cada vez más
crípticos para mantener ese poder de mierda que tienen. Hay algo que no
soporto y es que el noventa por ciento de los tipos que te corren por
izquierda, apenas los llama ATC, [Gerardo] Sofovich, Clarín o Magoya,
corren a sus pies. Me joden que sean profesionales, que sean tan
miserables.
-No me imagino que tengas una relación sencilla con los periodistas.
-Alguna vez escribí que uno es la exhibición del
miedo del otro. A los veintipico me enteré de que la gente podía
envidiarme. Quizá por exceso de egocentrismo, ni siquiera lo veía. Yo
armé un diario a los 26 años y eso te genera, de movida, enemigos.
Soy
un tipo resistido en el microclima de los medios; soy resistido por
quienes piensan que soy un idiota y que ellos deberían estar en mi
lugar. Me encantaría que todo el mundo me quisiera. Pero hay una parte
del gremio que no me banca.
-En el número del 25 de marzo de "XXI" escribiste
palabras muy duras sobre Eurnekian, cuando se cayó el regreso a la
pantalla de América: "…los nuevos dueños de los canales no sabían nada
de comunicación… eran lobbistas o empresarios argentinos audaces que
-como Eurnekian- habían crecido a la sombra de créditos oficiales: la
mejor manera de no pagarlos era contar con medios que presionaran al
gobierno de turno". ¿Cómo se vuelve de eso?
-Se vuelve porque es televisión. Los mismos tipos que
te putean, cuando te necesitan, te llaman. Simplemente me llamaron.
Están todos enfermos. Pégense un tiro, loco. Me llaman, no me bajo los
lienzos, no transo con el canal, todas cosas que ninguno de los tipos
que me critican serían capaces de hacer, y me corren por izquierda.
Mátense. Fuck you. Denme, al menos, la posibilidad de demostrarles qué
programa voy a hacer. Volví, se podía hacer, mirá vos.
Te lo pregunto al
revés: ¿qué creés, que me compraron?
-¿Cómo es la relación con Eurnekian?
-No tengo relación con él. No soy su amigo. Pero
supongo que no creerás que los empleados de Sevel son amigos de Macri.
Yo me gané ese espacio y ellos tardaron un año en reconocerlo, pero
tuvieron que hacerlo. ¿Cuánta gente conocés que se caga en un sponsor?
¿Y me llamaste para felicitarme por eso? Váyanse a la mierda, mírense un
poco ustedes al espejo. Todos nos cobran el doble: los políticos, los
avisadores, el medio televisivo. Estamos laburando el doble porque
elegimos ser nosotros mismos. Y yo me engancho, soy un boludo culposo.
Mirá. En un momento de mi vida quise hacerme una casa en José Ignacio.
Pedí un crédito y me hice la casa. Empezaron los rumores. No pudieron
pensar este tipo tiene una casa en José Ignacio y cree que no tiene que
existir Namibia. Te dicen sos zurdo, ponéte una sotana y sandalias, sé
un apóstol. Todo mal. Vendí la casa. Es loco: puedo putear a Massera o a
un barrabrava, pero no me banco al boludo de Caras que me corre por
izquierda por lo de José Ignacio… Fuck.
-¿A quién llamás cuando querés entrevistar a Menem?
-A Kohan. O a su jefe de prensa. La única vez que
entrevisté a Menem me reuní con Kohan en el Museo Renault. Después él se
puteó con [el vocero presidencial] Raúl Delgado, se armó un gran
quilombo y tuve que bancarme la operación de prensa en la que Delgado
llevó a Menem al programa de [Mariano] Grondona el mismo día que salió
XXI. Fue fuerte la entrevista. Página no te pasa dos veces en la vida.
Pero a mí me pasó. Estábamos afuera de todo. Hacíamos un programa en
Radio Colonia desde mi casa. Hicimos una revista y a los dos meses Menem
me dio una entrevista. Para mí fue la mejor demostración de que no nos
podían sacar. La segunda demostración fue este regreso a América.
-¿Por qué te dio esa entrevista?
-Menem es un animal político: nunca te dará nada si
no le sirve. No me hizo un favor. En ese momento operaron a periodistas
-algunos contratados por la side, tipo [Jorge] Jacobson- para que
dijeran que viajaba en el avión presidencial. Tuvimos que alquilar una
avioneta… ¿Por qué me dio la nota? Me querría conocer. Si yo fuera él,
hubiera querido conocer a Lanata. Y yo quería conocerlo a él. Dos tipos
que se putean durante tantos años siempre quieren conocerse.
Yo soy
periodista. Si tengo al Diablo enfrente, le hago una entrevista. Pero no
hago operaciones de prensa… Menem es un tipo con carisma, audaz y muy,
muy impune. Me hubiera encantado que esa nota de la revista se hubiera
visto por tele. Yo le impuse un tono de tuteo y él se enganchó cuando no
tendría que haberlo hecho. El es el Presidente. Y ahí se equivocó.
-¿Estuviste cerca del peronismo?
-Yo era un chico peronista de Avellaneda. Tampoco sé
si estaba en contra de lo que estaba pasando [durante la dictadura
militar]. Tenía 15, 16 años. En esa época era mozo y un poco antes había
trabajado en Radio Nacional. ¿Y qué vas a hacer en Avellaneda? Mirá.
Yo
voté a [Italo] Luder en las elecciones del 83, cuando ganó [Raúl]
Alfonsín. Estoy loco: voté a Herminio Iglesias; era un boludo total.
¿Sabés por qué lo voté? Yo escribía mucho en los bares que hay alrededor
de la estación Constitución. Me iba a escribir ahí porque había
personajes impresionantes, me quedaba hasta la madrugada perdiendo el
tiempo. Y estoy ahí el día en que se hace el cierre de campaña del pj en
la 9 de Julio. Y los veo pasar: ¡tum! ¡tum! ¡tum! Los muchachos
peronistas, locura. Yo no podía votar a la calle Santa Fe. Me vas a
decir que voté a los tipos que quemaron el cajón. Pensé en votar a
Alfonsín, pero no pude hacerlo.
-¿Aquel chico de Avellaneda se habrá sentido traicionado por Menem?
-Menem se traicionó a sí mismo. La traición empieza
con uno. Menem se olvidó de dónde viene. Por eso le duele que se lo
digan: le duele que le digan traidor mucho más de que le digan chorro. Y
le duele que duden de su virilidad. Yo no lo voté, a mí no me
traicionó.
Hay un punto en el que Menem es muy torpe: cree que va a
poder vencer al poder real, y el poder real se caga de risa. Me da
vergüenza eso, que no pueda escuchar esa risa del poder real. Es una
lástima, porque es el Presidente.
-¿Cómo fue la relación con Alfonsín?
-Mala, espantosa. Detrás de su apariencia mansa es
bastante intolerante. Una vez me hicieron una entrevista en Salamanca,
yo critiqué parte de su gestión y me llamó para putearme. Otra vez
invitó a la Quinta de Olivos a editores de diarios y revistas, a
desayunar. Quería saber cómo veíamos las cosas. Fue después del
copamiento de La Tablada. Le dije que me parecía mal que hubiera
integrado a los militares en el Gabinete de Seguridad. Empezó a gritar,
fue horrible… Delirio total.
Hace poco se molestó cuando escribí una
nota en trespuntos en la que le pedía que no nos salvara más, que le
agradecía lo que había hecho hasta acá, pero que ya habíamos crecido. El
odia ese argumento.
-¿Te llamó Graciela Fernández Meijide después
de las denuncias que hiciste sobre la contratación rentada de su sobrino
(Augusto Fernández Meijide) y su esposo (Enrique) en el ámbito de la
Legislatura?
-Llamamos a su jefa de prensa por alguna cuestión y
nos preguntó: "Llaman para pedir disculpas, ¿no?". Tenemos una relación
de muchos años con Graciela. Yo la cuento en esa carta abierta. Eran los
primeros años 80, yo estaba en El Porteño y estábamos muy cerca unos de
otros: Augusto Conte, el Gordo Lázara, Alfredo Bravo, Hebe [de
Bonafini], el Chacho [Alvarez], las Madres… Hace un tiempo, Graciela me
dio vuelta la cara en la puerta del canal. Creo que es injusta si el
motivo es que le denunciamos lo del marido [primero asesor rentado del
legislador Roque Belomo, luego del Consejo Asesor del Plan Urbano
Ambiental]. El problema no somos nosotros, sino su esposo.
Si van a
estar en el poder, tienen que aprender cómo manejarse con la prensa. Y
me parece que no es llamando a Página y a Clarín, como lo hizo en otro
gesto poco afortunado, para que echen a dos periodistas. Está mal, lo
haga ella, Menem o el Papa… Delirio. Es un síndrome de la izquierda
argentina: el peor enemigo es el que tenés al lado.
-¿A qué cosas les dijiste que no?
-A pocas. Necesito que me quieran. Hay veces en que
me gusta tener la actitud de decir no. Me gusta que algunos me tengan
miedo. Dijo de mí alguna vez Ricardo Handley: "Es imprevisible". Nos
tienen miedo porque no saben qué vamos a hacer. Y hacen bien, porque yo
tampoco lo sé.
-¿Alguna vez pensaste que el periodismo podía destruirte?
-No el periodismo en sí, pero sí la burocracia. En un
sentido clásico ni siquiera soy un director de diario: me aburre
encontrarme con un embajador o con un empresario que sólo quieren que no
los mande al frente con una investigación, en el medio de un almuerzo
en donde lo único que pretendemos es que nos den publicidad. En el
periodismo todo depende de cuáles creas que son los valores que debés
llevar adelante en la profesión. Yo soy un profesional, pero me
avergüenzo de esa condición. No me gusta tener bordes lisos, tan
recortados. Estamos muy lejos del arte, pero me atrae llevar al
periodismo ese filo: el arte raspa, corta, te hace un tajo. No me gusta
la idea de ser una locutora anorgásmica de la cnn: no te va a pasar nada
leyéndome, no te va a pasar nada escuchándome. Pero creo que te
destruye antes la burocracia que la locura.
Mientras tanto, en Ciudad Gótica...
La
Presidenta elogió el apoyo del Gobierno al cine y a los músicos; "Como
dijo Maradona lara, lara, lara", agregó sobre el éxito de una de las
obras
Así es como asistimos a otro episodio "Muy Grease" (o Very Grassa en su traducción literal al lunfardo K) de la mujer conocida como parte de la banda "Viuda e Hijos del Descontrol".
ENLACES/FUENTES:
http://clarincomhd.tumblr.com/tagged/Lanata
http://www.eblog.com.ar/19821/adelanto-rolling-stone-julio/
http://www.lanacion.com.ar/1597472-jorge-lanata-yo-le-gane-a-clarin-porque-tuvieron-que-contratar-al-tipo-que-siempre-los-ataco
http://www.lanacion.com.ar/jorge-lanata-t46766
http://www.laventanaindiscretadejulia.com/search/label/JORGE%20LANATA
http://www.laventanaindiscretadejulia.com/search/label/N%C3%89STOR%20KIRCHNER
http://www.rollingstone.com.ar/1597213-lanata-en-la-tapa-de-rs-yo-le-gane-a-clarin
http://www.rollingstone.com.ar/585749